El campo abierto, los árboles, los pájaros, la luz del sol. No tengo la menor duda respecto a la santidad de la madre naturaleza y a la reverencia que inspira. La naturaleza es eterna y digna de confianza; hermosa y benévola en su trato a los demás, es clemente. En ella me cobijo cuando la desesperanza se arrima a mi puerta, en ella me refugio para sentirme a salvo. Ella lleva la impronta de la mano de Dios.

La naturaleza es así, allí donde estoí, está, nace conmigo y termina en mí.