Ella tiene nombre de invierno, el de otoño, ella viste blanca nieve y vientos del norte, él por el contrario trae tramontana del levante y sol de poniente. La primera vez que la vio ella venia del norte más lejano, viajaba desde las tierras blancas olvidadas de una civilización mezquina y gris, desde las tierras en las que la oscuridad cubre con su manto mortecino casi la totalidad del año, un año lleno de sosiego y tranquila convivencia,..., venia de un sitio donde el frio cala en todas las almas y despeja el calor del sol hacia otros meridianos. Vino con la furia de guerreros antiguos como Atila o Gengis kan, con ventiscas que mecían las copas de los árboles de un lado a otro  cubriendo con su manto blanco las ramas de todo el bosque. Paso a paso a medida que entraba en el valle arreciaba su furia para dar paso a una pausada y tranquila nevada llena de grandes copos blancos que lo cubrían todo con un manto de suave terciopelo nacarado.

El entre los árboles del bosque soportaba estoicamente el azote de aquella brisa fría y gélida como un cuchillo y dejaba que sus ramas bailaran al son de aquella música invernal de cultura celta, sus ramas de roble, castaño o pino retorcido a forma de brazos servían de cornisa para esa nieve que se amontonaba plácidamente en su pecho y enfriaba su corteza endurecida y curtida por el paso de los años.

A ella le cautivó su fortaleza, sus raíces  retorcidas que se clavaban en la tierra como espada de Arturo en pura roca de granito, le cautivaron sus ramas llenas de hojas con colores rojizos, ocres, teja y marrones y esa corteza llena de heridas y nudos de resina con olor a Lisandro y almizcle.

Como cada invierno ella llegaba, día arriba día abajo, aparecía con un cielo gris azulado o más bien plomizo, y con un frío incipiente que anunciaba las primeras nieves, él desde su bosque observaba ese cielo gris como si fuera la última vez que lo fuera a ver, y aunque sabía que desaparecería en pocos meses se deleitaba con la brisa del norte que se colaba por su copa y dejaba que el frio refrescara un tronco retorcido por los recuerdos y la experiencia de siglos.

Ya había perdido la cuenta de los años que cumpliría y de tantos y tantos sentimientos acumulados,..., pero lo que nunca olvidaron sus ramas abiertas al valle fue aquella sensación que le produjo por primera vez aquella brisa del norte que un buen día por el valle apareció.

Al primer día que ella se instalaba en el valle él la esperaba soltando sus hojas como el barco que suelta su lastre a la deriva para no volcar, dejaba a la vista  su tronco retorcido y viejo aunque fuerte y cálido a la vez para que ella refrescara un alma atormentada por la soledad y los recuerdos.

De vez en cuando, en alguna ocasión un tímido sol dejaba escapar unos tímidos rayos al mediodía haciendo presagiar ese día que ambos temían pero que llegaría al fin y al cabo, ambos sabían que cada año la partida era más dura que la anterior y aún así exprimían cada sonrisa, cada lagrima y cada instante como si le fuera la vida en ello.

Con la llegada de la primavera él vestiría su manto de flores y hojas verdes, cubriría todo su cuerpo de una belleza sin parangón, al igual que el pavo real al extender sus alas en el cortejo nupcial, la tierra de los alrededores se cubrirá de tomillo y romero, de madreselva y malvavisco, de hierbabuena y estragón, de margaritas y caléndulas, todo rezumará un perfume a naturaleza viva y llenará con su elixir todo el valle.

El beberá de ella con el deshielo y alimentará sus raíces resecas mientras que ella se irá poco a poco valle abajo como un torrente lleno de vida y frescura, surcará el collado y dará vida a todo el bosque y saciará a todo el que quiera arrimársele.  Dejará el valle tal y como vino, sin alborozos pero dejando un sabor de boca a olvido, con un hasta pronto mi amor.

El esperará con nerviosa ilusión a esa brisa fresca de invierno que la vuelva a traer al valle...