Al alba, el sol explotó sobre el horizonte como un madero en llamas, una luz amarilla anaranjada lo invadía todo cegando mis ojos, era como si Dios no quisiera que divisara la belleza del paisaje que ante mi se ofrecía. Tarde varios minutos en acostumbrarme a la luz que despedía esta gran bola de fuego y por un momento sufrí una ceguera que inundaba de luz abrasadora mi cerebro.

Subí a este valle hace semanas, buscando un refugio donde tranquilizar mi atribulado corazón, buscando una paz que no encontraba. Ansiaba por todos los medios aclarar un cerebro lleno de contradicciones y recuerdos pasados, quería encontrar en el silencio del bosque, ese olvido que se produce cuando todo lo has perdido o al menos eso pensaba yo. Días y días pasaron sin encontrar respuesta a mis preguntas, hasta que apareció. Al principio creí que sería un alma atribulada como la mía, alguien que de alguna manera buscaba la paz que yo tanto ansiaba, nunca más equivocado estaba de la verdad. Poco a poco, con el paso de los días y las noches, con el ansia de la persecución y el ánimo de volver a encontrarla fui siendo consciente de que era algo totalmente distinto de yo mismo,..., ella era un guía, el cual poco a poco y sin apuro ninguno fue llevándome a un sitio que aunque no me era desconocido, si casi era olvidado.

La veía de vez en cuando, y cada día que pasaba la ansiedad por volver a verla, por estar un instante a su lado se hacía más y más interesante, casi dolorosa, y aunque no sabía como sobrellevar ese sentimiento sentía, que esa dependencia abría una puerta en mi corazón que permanecía cerrada hacía mucho tiempo. No se donde me llevará el siguiente valle ni si el viento vendrá de cara, pero mientras ella siga guiando mis pasos, detrás de ella me encontrarán caminando...